La autoexigencia y sus cadenas

Puede que lo que te vaya a decir hoy aquí te suene a obvio, pero creo firmemente en la herramienta que es el ser consciente de lo que nos rodea, así que hoy vengo a hacerte consciente de la realidad que supone la autoexigencia que todos tenemos en nuestra cabeza.

En nuestra infancia, nuestra tierna infancia, parte de nuestro aprendizaje consta de oír externamente lo que está bien, lo que está mal. Pronto aparecen matices sobre lo que hay que mejorar, sobre lo que es tu responsabilidad o sobre las metas que se deben alcanzar.

Más adelante, aparecen conceptos más abstractos, que no se pueden medir, y que están cargados emocionalmente, como las expectativas. Tú sabes lo que X espera de ti, así que comienzas a sentir que debes hacer algo para llegar hasta aquello. Por ejemplo, yo sé que mis padres esperan que saque buenas notas, y simplemente lo sé porque anteriormente las he sacado y se han alegrado mucho; ellos no me piden que saque buenas notas, pero sé que es lo que esperan de mí, es algo que ya he hecho, es algo que puedo hacer. Así que me esfuerzo para hacerlo, de hecho, siento cierta presión al conseguirlo, porque un resultado diferente me hará sentir mal, porque les hará sentir mal a ellos. Aparece un nuevo concepto abstracto, también cargado emocionalmente: la decepción.

Poco a poco, en base a experiencias de esta índole, en diferentes contextos, con diferentes personas que tienen más o menos importancia para mí, nos moldeamos, es decir, aprendemos a actuar conforme nos dictan estas sensaciones. Empezamos a crear un patrón de actuación, propio en mí (diferente en algunos aspectos, en otras personas), pero en base similar: no quiero sentir decepción, así que utilizo la presión como herramienta.

La presión funciona, tiene la potencia de motivarnos para evitar la decepción en los demás.

Aunque realmente la siento en mí, porque desde el principio me he sentido muy identificada/o con lo que los demás sienten y piensan de mí, ha sido mi forma de aprender sobre mí, de fuera a dentro. En este proceso, el dentro desaparece o se difumina, nuestro criterio sobre nosotros está sesgado (manchado) por la influencia que los demás tienen sobre mí, y nadie me enseña a saber manejar esa información y toda su carga emocional que conlleva, así que: sobrevivo.

Nuestro instinto de supervivencia

Sobrevivo utilizando la presión externa (e interna) para motivarme a hacer las cosas, algunas cosas que tienen que ver con mis capacidades: inteligencia, creación, resolución; otras que tienen que ver con mi apariencia: físico, forma de comportarme, forma de interaccionar.

En resumen: esa presión se ha convertido en una voz (muy borde, por cierto) que me dice qué es lo que tengo que hacer para no sentirme mal conmigo misma/o, consiguiendo además hacerme sentir mucho peor, porque no me conozco, no puedo tomar decisiones sin consultar, no puedo saber, no puedo ser y no puedo hacer por mí misma/o.

Esa voz es la autoexigencia. Es automática, aparece para “motivarnos” con un enfoque muy nocivo, pero ya está establecida.

Hemos llegado hasta aquí, hasta hoy día 1 de febrero de 2019, con esa base bien construida, algunas veces cuestionada, pero no rota, siempre firme, siempre se mantiene, sigue ahí.

Quizá cuando te das cuenta de esto quieres, de hecho, romperla, notas cómo te ha influido, cómo te ha hecho sentir mal durante largos años, notas cómo tus decisiones han sido erróneas, has estado perdiendo el tiempo y perdiéndote a ti, no has aprendido a hacer nada por y para ti, qué clase de persona eres… STOP.

¿Qué sientes ahora mismo? ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Pena? ¿Culpa?

La culpa es el chantaje emocional de la autoexigencia.

Es lo que te espera cuando te das cuenta de lo que ha conseguido hacerte, es un arma de doble filo porque, ¿qué pasa cuando sientes culpa? Te sientes pequeña/o, sientes que no vales nada, que lo has hecho todo mal… Te mete en un bucle muy peligroso, ¿cómo sales de ahí? Con una voz fuerte que te diga qué tienes que hacer, que sepa lo mejor para ti, como ha hecho siempre, dejas que vuelva a mandar la voz de la autoexigencia.

C Í R C U L O   V I C I O S O.

¿Cómo me libro de la culpa? ¿Cómo me libro de la autoexigencia?

La respuesta es más simple (y dolorosa) de lo que esperas leer:

No te vas a librar de nada.

Nuestra educación, nuestra historia, deja una huella permanente, unas respuestas automáticas, luchar contra ellas es agotador e innecesario.

Por eso, aquí entra en juego el arma más poderosa que considero y con la que trabajo a menudo: hacerte consciente.

Sabemos que esta historia es cierta, sabes hacia donde te ha llevado, intentar cambiar el pasado también es agotador e innecesario, nos limita nuestro foco y nuestra energía. Mira donde estás, ahora mismo, leyendo esto, siente el poder de lo que acabas de hacer: darte cuenta de cómo has llegado hasta aquí. Olvida por un momento ese malestar enfocado en el pasado, y enfócalo en este momento, utilízalo para construir un camino diferente.

Mira de frente a tu autoexigencia. Dale la mano, pues no se va a ir a ninguna parte. Deja que te diga lo que dice siempre, y obsérvala, ¿te hace sentir mal? Para un momento, date cuenta de lo que está haciendo, y no des el paso que te dice. Para para dar otro paso, con ella de la mano, pero en otra dirección.

Mira de frente a la culpa, porque vendrá a acompañaros en el camino, y haz lo mismo, obsérvala, ¿cómo te hace sentir? Respira y observa esa emoción, es dolorosa, puede que sí, pero la culpa no te dicta nada, solo tienes que ver el camino que ya habías empezado, y continuarlo más despacio si es necesario.

Esta es la receta que puedes poner en práctica a partir de hoy, pero falta un ingrediente: amor.

La autoexigencia y la culpa te han hecho daño, te han marcado una huella de dolor en el tiempo. Una herida que sigue abierta, que sigue en funcionamiento, doliendo. Dedícale tiempo a curarla, con el amor y cariño que te mereces (porque te lo mereces, te lo digo yo, te lo digo hoy, te lo digo ya: TE MERECES EL AMOR, TE MERECES DÁRTELO TÚ). Si olvidas esto, la batalla será muy dura, y queremos que sea justa.