Mis componentes

A menudo creemos que somos un ente pensante y punto. Y la verdad es que hay muchas formas de concebir al ser humano. Si bien es cierto que independientemente de cómo lo dividamos, el SER funciona a través de un “todo”, a nivel conceptual podemos diferenciar algunos componentes.

No significa que tenga que ser así, sino que esta es la forma de verlo que yo trasmito para trabajar en uno mismo.

Tengo 3 componentes: cuerpo, mente y espíritu. Necesito de los tres y de su funcionamiento para estar en equilibrio, para relacionarme de forma funcional y adaptativa en el mundo y conmigo misma. Cada uno de estos componentes posee su función(es) que necesitamos respetar y permitir. Normalmente, estamos muy acostumbrados a identificarnos con nuestra mente, pues tendemos a sobre-utilizarla para vivir, ¿qué significa esto? Que le encargamos funciones que no necesariamente sabrá llevar a cabo. Te diré una cosa:

Tú no eres tu mente. Tu mente forma parte de ti, como tu mano o tu estómago, te ayudan a vivir pero no son lo único imprescindible.

Una forma en la que podemos vernos con una sobre-utilización  de la mente es en el Apego Mental que explicaba la semana pasada. La mente sabe organizar, planear, proyectar, crear, entender. Desde luego son funciones primordiales para relacionarnos y sobre-vivir, pero utilizar solo estas funciones nos va a limitar en todo lo que podemos descubrir de nosotros y la vida, llevándonos en ocasiones a un malestar que cuesta gestionar.

Utilizar la mente para sentir y gestionar emociones

Esta es una de las formas más comunes de utilizar la mente para lo que no sirve. Si bien los pensamientos pueden hacernos sentir emociones, la mente no va a gestionarlas, pues ello requiere de consciencia, aceptación, conexión corporal y adaptabilidad, entre otras cualidades, que podemos entender con la mente, pero no llevarlas a cabo.

La mente preparada para detectar peligros, detectará en este caso las emociones desagradables o incómodas (sobre todo si las reconocemos como “negativas”) como algo que debe desaparecer y que necesitamos corregir o arreglar. Como comprenderás, esto poco tiene que ver con aceptar las emociones.

Sentir con la mente

Me refiero a sentir con la mente cuando utilizamos los pensamientos (a nivel consciente o inconsciente) para producir otras emociones siempre con el fin de no sentir lo que estoy sintiendo.

Podemos utilizar este método para corregir emociones pensando en cosas que nos hacen sentir de forma “contraria” a cómo nos sentimos. Por ejemplo: Estoy trabajando y me siento triste de estar allí, y comienzo a pensar en qué haré cuando salga de trabajar, lo que me hace sentir ilusión, motivación o felicidad. Otro ejemplo: Me siento culpable por algo que he hecho y comienzo a pensar en cómo sería que no lo hubiera hecho, lo que me hace sentir aliviada y tranquila.

En cualquiera de estos casos, aclarar que no estoy diciendo que no funcionen o no nos sirvan o que “estén mal” (quién soy yo para decirle a alguien lo que tiene que hacer), sino que si esta estrategia, que puede venir de perlas de vez en cuando, es nuestra única forma de lidiar con las emociones, tendrá unas consecuencias.

Consecuencias de sentir con la mente (como única forma de sentir)

  • Rechazo de la realidad: Si utilizo el pasado o el futuro como fuente donde volcar mis emociones a través del pensamiento, voy a tener problemas para conectar con el presente, y por ende, con mi realidad. Culpabilizarme pensando en algo que he hecho, o marcarme objetivos futuros para “solucionarlo” son formas de rechazar el presente: lo que estoy sintiendo ahora es culpa, enfado conmigo misma y tristeza (por ejemplo). Esta consecuencia me llevará a no tomar responsabilidad sobre lo que puedo hacer ahora con lo que tengo, es decir, no seré capaz de moverme en mi presente, aceptando aquello que no puedo cambiar/conseguir.
  • No respetar mis necesidades: consecuencia también del punto anterior; si no conecto con mi presente y lo que siento en él, ni si quiera voy a preguntarme qué necesito, qué es lo que quiero. Una consecuencia de no preguntarlo es que no me estoy tratando con respeto, sino que me motivo desde la presión y obligación: tengo que arreglarlo, debería haberlo sabido…
  • Incapacidad de sentir: cuando llevamos tiempo rechazando la realidad/presente y no teniendo en cuenta nuestras necesidades, nuestras emociones quedan en un segundo plano y cada vez tengo menos tolerancia a sentir las más incómodas, como la incomodidad, el rechazo, o la inseguridad. Esto quiere decir que siento un caos profundo cuando estas emociones aparecen y puede que ni si quiera las identifique, entrando en una confusión acerca de mi forma de vivir.
  • Intensidad emocional: fruto de una actividad mental muy alta, pues la mente ha aprendido a alarmarse cada vez que aparece una emoción, y quiere eliminarla, pero lo hace a través de su actividad, creando pensamientos que a su vez crean más emociones. En definitiva, en respuesta a una emoción incómoda, mi respuesta es generar más emociones inconscientemente, dando una sensación de intensidad.
  • Me muevo desde el miedo: el miedo ya no es reconocido como una emoción, sino que es mi forma de moverme. Esto quiere decir, que mi cuerpo y mi mente funcionarán como si un peligro inminente estuviera delante, sobre-activándose. Reaccionaré desde el miedo a mis propias emociones.

 

 

Por todo ello, vamos a conocer los otros dos componentes, para saber cómo establecer un equilibrio que me ayude a desarrollar otras formas de escuchar y atender las emociones, así como otras formas de relacionarme conmigo y el mundo.

El cuerpo

Nuestro cuerpo es la vía de comunicación entre el mundo y mi ser. Nos permite sentir a través de él, desde la forma más básica como sentir con nuestros 5 sentidos hasta de forma más compleja, como sentir las emociones en forma de sensaciones físicas.

Nuestro cuerpo necesita ser atentido, preguntarle a menudo qué necesita, de qué tiene ganas, nos hará conocerlo (y conocernos) cada vez mejor, a la vez que estaremos respetando y teniendo en cuenta nuestras necesidades. Trabajarlo a través del movimiento, no necesariamente el ejercicio físico, sino cualquier actividad de movimiento que se ajuste a nuestros gustos y posibilidades, lo mantendrá activo en su funcionamiento y a nosotros repartiendo nuestra atención hacia él.

Ayudarnos del cuerpo para sentir las emociones y dejar que se regule según su contacto con la realidad es una de las formas de gestión emocional que se pueden trabajar, para así tener opciones ante nuestra estrategia base: sentir con la mente.

El espíritu

También conocido como alma, esencia, ser genuino… Es nuestra parte más abstracta, la menos comprendida a veces y la más “desconectada” cuando llevamos muuuuucho tiempo utilizando la mente para sus funciones.

Sentir nuestra actitud hacia el mundo, diferentes estados de conexión, permitirnos SER sin presiones (tengo que/debería)… Son muchas de las funciones que puede tener nuestra parte espiritual. Lo más importante que necesitas saber es que necesitamos aprender a nutrirla, y esto depende de cada uno, de su historia, sus heridas, sus rechazos y su (no) aceptación de sus experiencias. La disposición hacia el mundo será clave a la hora de trabajar nuestro espíritu y despertarlo.

 

Este es un pequeño resumen de la visión que quiero trasmitirte, pero el tema es extenso y personal. Hace unas semanas hice una guía-resumen que ilustra cada componente y cómo trabajarlo. Me encantaría regalártela así que solo tienes que hacer click en el siguiente botón: